Gino Ceccarelli: Pinceladas de embrujo y erotismo

La mitología amazónica envuelve interminables misterios que la narración oral ha sabido salvaguardar y que el pincel del artista plástico Gino Ceccarelli plasma en cada una de sus obras.

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Seducción en todo su esplendor. Mujeres con formas tentadoras y movimientos cargados de vida, sueños y fantasías. Musas reales e irreales que trastocan la imaginación de los seres míticos que las acompañan y de los hombres de carne y hueso que las contemplan a través del encanto que solo los años otorgan. Estas escenas son presentadas con un erotismo sin discreción, sin prejuicios ni límites.

Cada espacio de la casa de Gino Ceccarelli está lleno de leyendas: sirenas que cuidan de sus hijos, seres extraños que sobreviven al olvido y poseen a hermosas mujeres, amantes de diferentes especies que se observan en un atardecer silencioso dentro de una barca en los confines del Amazonas.

Antes de llegar a este tiempo, varios años atrás, un niño jugaba feliz dentro de su misteriosa Amazonía, escuchaba un sinfín de historias contadas por sus familiares y comenzaba a trazar en un cuadernillo sus primeros dibujos.

Su llegada a la Escuela de Bellas Artes en Lima estuvo acompañada de exhaustivos empleos, que lo llevaron a entender al ser humano en todas sus facetas. Sus ojos se abrieron para darse cuenta de que en esta ciudad, tan convulsionada, no todos eran iguales ni tenían los mismos derechos; a diferencia de su Iquitos, en donde ricos y pobres entablaban amistad en la misma escuela, sin prejuicios ni creencias de superioridad.

Una serie de viajes al extranjero le permitió continuar perfeccionando su técnica; mientras que su labor como docente y artista lo acercó más a la realidad nacional, en la que reconoce algunas mejoras, pero también la falta de voluntad, corrupción y carencia en la preparación de muchas autoridades, especialmente en la educación y en la invisibilización que se le da a una parte importante del Perú, como en el caso de las comunidades nativas.

gino 2El hombre que asegura que si no hubiera sido pintor, hubiese sido escritor, ama verdaderamente a las mujeres de sus cuadros, venera su sensualidad y reconoce la libertad que deberían tener todas en el mundo. Valida con sus palabras sus fortalezas y derechos, rechazando la opresión y la censura que la sociedad pretende imponer.

Algunas mujeres de Ceccarelli parecen embrujadas y llevadas contra su voluntad a un destino indescifrable, demasiado parecido a muchas realidades en las que las tristezas se callan, los golpes se aguantan y el amor propio se olvida.

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