Nuestro derecho a ver televisión basura (o a dejar de verla)

Ruth Thalía Sayas fue la primera participante del programa El valor de la verdad, estrenado en el 2012. Esa noche, ella confesó en señal abierta haber tenido sexo más de una vez a cambio de dinero. Su pareja, Bryan Romero, presente en el set, se enteró además de que ella no lo amaba y que solo había decidido seguir con él por pena e interés. En ese momento, las cámaras enfocaron el rostro de Romero que se esforzaba por parecer sereno. Ruth Thalía ganó en ese programa de estreno 15 mil soles y las loas de Beto Ortiz, quien la felicitaba por su valentía y sinceridad. Tres meses después, Bryan Romero, hostigado por las burlas de su entorno, raptó y asesinó a golpes a Ruth Thalía.

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Beto Ortiz y Ruth Thalía Sayas en «El valor de la verdad»

Es difícil decir que la televisión peruana no es responsable de los contenidos que emite después de lo sucedido con Ruth. El programa decidió transmitir la imagen de una mujer que declaraba ser infiel y prostituta en uno de los países más machistas y conservadores de Sudamérica (el Perú ostenta una de las tasas más altas de feminicidios de la región). Fue como ayudar a una mujer a vestirse de bruja y abandonarla en una plaza de inquisidores. Pero el papel de los medios no se acaba con lo hecho por El valor de la verdad. En una crónica escrita por Daniel Alarcón, la madre de Ruth contó que, antes de hallar su cadáver, su hija estuvo durante dos semanas desaparecida. En ese tiempo, ella ya sospechaba quién podía ser el asesino y, luego de denunciarlo, recorrió todos los canales de televisión pidiendo ayuda para buscarla. A nadie le importó el caso. Pero el mismo día en que Bryan confesó, y mientras el cadáver de su hija era desenterrado de una fosa, decenas de reporteros rodearon su casa, le soltaron a bocajarro la noticia y alguno de ellos deslizó la posibilidad de pagarle un buen precio a cambio de recibir su declaración en primicia.

La pregunta ha seguido en pie desde entonces: ¿Fue solo Bryan el asesino?

 

* * *

 

Unas cuantas experiencias me provocan contar cuando arriesgo una opinión sobre la televisión basura. La primera pasó hace poco; me introduje —cosa que procuro evitar— en una discusión en Facebook. Se trataba de una chica que opinaba, no sin bilis, sobre los famosos programas Esto es guerra y Combate. Ella decía que eran una porquería para descerebrados, basada en el morbo de seguir chismes amorosos y de ver calatos manoseándose al aire. Pensaba que debían prohibirse. El comentario no me hubiera sido llamativo —como ese hay miles— de no ser porque la muchacha tenía como foto de perfil el logotipo de The Walking Dead, una serie que yo también he seguido. No sin malicia, le hice notar que TWD también se basa en la morbosidad de ver sangre y mutilaciones disimuladas por un guion más bien pobre, aunque muy entretenido. Lo que siguió fue un minidebate en el que comparamos ingenio y presupuestos de producciones peruanas y gringas, los perjuicios de la ficción frente a los del reality, o los del sexo frente a la violencia. Aunque menos popular que la de ella (si lo medimos en la cantidad de likes) yo me mantuve en mi posición: TWD era un programa tan chatarra como los de competencia peruanos, pero, claro está, hecho para otro público y en otro país. Fue entonces que me volteó el argumento: «Ahí está la diferencia —escribió—, TWD solo está disponible en cable y no afecta a la mayoría de peruanos, en cambio EEG lo ven todos los que no tienen cable ni muchas opciones para elegir». Aparte de la falacia explícita que implica creer que solo los peruanos sin cable ven EEG, el comentario me dejó pensando en varios temas que en ese momento no supe dilucidar ni cómo responder.

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El siguiente recuerdo que me viene acotación, es el de mí mismo caminando en la zona de La Encantada, un cerro de arena ubicado en Villa El Salvador, adonde iba los fines de semana como parte de un programa en el que era voluntario. Se trataba de dar talleres y ayudar en sus tareas a muchachos de entre once y dieciséis años que habían abandonado el colegio por diversas razones —la principal, pero no la única, era el dinero — o que estaban en riesgo de hacerlo. Uno de ellos era Julio, a quien le cogí especial cariño, ya que ambos compartíamos gran afición por el cine. Un día le pregunté en dónde veía tantas películas: «En Internet pues, en dónde va ser, profe». Al principio me sorprendí, pues Julio no se refería a una cabina sino a su casa. La Encantada es una zona invadida durante los últimos años de los noventa, en donde todavía se debe esperar el agua que traen los camiones cisterna y en el que la mayoría de casas no están hechas de material noble. Pero casi todos los vecinos cuentan con luz y algunos otros, como en el caso de Julio, con acceso a cable o Internet.

Por obvias razones era un tema difícil de tratar. Pero en alguna ocasión una señora de la zona nos lo explicó sin que se lo preguntáramos: «Prefiero pagar cable porque así lo tengo tranquilo. Qué importa metido todo el día en la casa, pero es preferible a que se pierda en la calle con malas juntas. Si yo paro todo el día en el trabajo, ¿quién lo va ver?». Parecida opinión tenían otras madres. Era una lógica muy sencilla pero efectiva. En La Encantada eran comunes las quejas por robos y pandillas. No quiero con esto reproducir ese viejo prejuicio que vincula, automáticamente, un ambiente de precariedad con delincuencia. Pero en La Encantada era así, o al menos de ese modo lo percibían las madres. Y para ellas, el verdadero peligro estaba afuera, no en sus casas ni en la tele. Aquello podría sonarle indigesto a un psicólogo o educador, de esos que promueven cambiar la televisión por el juego al aire libre. Pero asumo que ninguno de ellos está pensando en un ambiente en donde la percepción de inseguridad es tan fuerte. Igual de extraño y hasta irresponsable nos había parecido, al principio, el creer preferible invertir dinero en el cable antes que, por ejemplo, en infraestructura. Luego también supe que llevar material noble a un empinado es el doble de caro. En fin, de esa experiencia aprendí que nada es más fácil que mirar con anteojeras aquello que no se entiende, y que nadie conoce mejor las estrategias más adecuadas para adaptarse a una realidad que aquellos que la sufren a diario.

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Por último, mientras pensaba en el problema de la televisión basura, viene a mi mente un amigo, a quien llamaré Pedro. Él es dentista, tiene treinta años, ha logrado abrir un consultorio propio en una zona céntrica de Surco y está a punto de acabar una maestría en su carrera. Y también es muy aficionado al anime. Lo conozco hace mucho, cuando ambos nos preparábamos juntos para ingresar a la universidad; y ya entonces le fascinaba ese mundo. Pero no es el anime lo llamativo de sus gustos o lo que merezca ser considerado basura. A Pedro además le gusta el hentai y otras rarezas japonesas cuyas páginas en Internet tiene mapeadas y colecciona con avidez. Alguna vez me mostró unos videos: una madre que ofrece sexo a un millonario a cambio del riñón con el que salvará la vida de su hijo; un homosexual —el último hombre sobre la faz de la tierra— es forzado a reproducirse por un grupo de mujeres voluptuosas. Lo más chocante fue un juego —con personas reales— en el que una pareja apostaba en un programa: si ganaban, se llevaban el dinero; pero si perdían, ella debía tener sexo con otro hombre delante de su esposo, cosa que finalmente sucede (y nunca supe si solo era ficción). Algunos japoneses tienen una extravagante imaginación para mezclar sexo, violencia y fantasía con una sutileza que sugestiona o asquea: así, sin punto medio. Pero fuera de cautivarse con ese tipo de pornografía, Pedro es una persona «normal», al menos hasta donde tengo noticia. Él ha logrado introducir en una vida, productiva y que le demanda gran esfuerzo, un espacio para dedicarse a una afición que saca, si se quiere, lo más primario de una personalidad que es más bien afable y reservada. Mi punto es que pocos le reprocharían a Pedro su simpatía por la basura. Y tampoco lo harían contra los programas japoneses, en los que la bazofia ha llegado a un refinamiento alucinante. A propósito, Japón es uno de los países más industrializados y prósperos del mundo.

 

* * *

 

Arriesgar una opinión sobre la televisión basura me es difícil. Y quizá sea porque no veo realmente ningún problema con ella, porque, en el fondo, pienso, todos tenemos esa parte que gusta de refocilarse en las menudencias propias o ajenas. Y siempre que existan condiciones para que ese afán esté bien domesticado, la basura no irá más lejos. Pero eso no sucede en el Perú. No sucede siempre, por lo menos. En el caso de Ruth Thalía Sayas, por ejemplo, no solo fue su exnovio el asesino. Un entorno lleno de odio y un programa que no temió jugar con la vida de varias personas en situación vulnerable (Ruth, su familia, el propio asesino) fueron igualmente culpables. Por eso los medios deberían tener un mínimo de ética y no apostar por lavarse las manos. Eso es cierto. Pero el tema tampoco debería ser el de quitar la basura para que no la vean: el tema es generar las condiciones para que la basura ocupe el lugar que le corresponde y no tenga consecuencias. Y también para que quienes prefieran no verla, puedan hacerlo. Suena un poco idealista, pero el problema solo se resolverá cuando todos de verdad puedan elegir. Y hablando de elegir, Julio, mi amigo en La Encantada, me confesó una vez que quería ser cineasta. Me consta que sensibilidad y pasión no era lo que le faltaban.

 

Javier Baldeón

Exalumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

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