Oswaldo Reynoso: Un punk de 85 años

 

Yo también fui un inocente

La primera y única vez que vi a Oswaldo Reynoso fue subiendo las escaleras hacia la biblioteca de la PUCP. Él iba a hablar acerca de Arguedas. Yo quería un autógrafo. Libro en mano, no sabía cómo abordarlo. La timidez me vencía. En un descanso me acerqué a él y solo atiné a decirle: «Rojo es color de serrano, dice Manos Voladoras, el afeminado de la peluquería, entornando los ojos». Sonrió, me dio la mano, agradeció la deferencia y por un instante fui feliz. Tenía un autógrafo de Oswaldo Reynoso.

reynoso
Oswaldo Reynoso en el bar Queirolo del centro de Lima.

Los inocentes llegó a mí cuando estaba en segundo de secundaria y odiaba el colegio. Si digo que las primeras páginas me sirvieron para sobrellevar esa etapa, estaría mintiendo: ni siquiera lo abrí, ni me interesó. Pensé que era un cómic, pero el libro iba apareciendo en mi cuarto, en un cajón, en una mochila vieja y, poco a poco, lo iba hojeando. Encontré frases que me deslumbraron pero, más que eso, una sensación de adolescencia perdida: uno crece y no se siente feliz ni triste, pierde la inocencia, duele crecer, a uno lo invade una melancolía eterna.

Mucho tiempo después —no frente al pelotón de fusilamiento, sino en una cantina—, me reencontré con algunos amigos del colegio y, entre cervezas, la conversación era la de años atrás: los miedos, las frustraciones, el hacerse hombre. En ese momento, recordé ese libro; las mismas historias de hace cincuenta años seguían vigentes.

 

El eterno inocente

Oswaldo Reynoso ha muerto. 85 años a cuestas y seguía dedicado a la escritura y a la promoción cultural. Un hombre grande y gordo, arequipeño y chocoyo, como se dice allá. Supo dar guerra, no quedarse callado. Inicialmente vapuleado por algunos críticos, escandalizó a una sociedad mojigata como la limeña de aquella época y fue amenazado con ser desterrado del magisterio. Escribir con naturalidad y honestidad de lo que hablaban los sectores populares era demasiado atrevido.

Reynoso lurigancho
El escritor luego de hablar con los reclusos del penal de Lurigancho.

Su paso como agregado cultural en China sirvió para canalizar ese ímpetu. Sin embargo, no se calló; no tenía ese aire de divo literario ni de embajador de las letras. No lo veías tomando champán en una galería junto a escritores «regios». Todo lo contrario; no era raro verlo revisando libros de viejo, o tomando cervezas en el Queirolo junto a universitarios que buscaban algún autógrafo o simplemente conversar con él. Las editoriales grandes no le dieron mucho espacio; era un eterno best seller de editoriales independientes.

Reynoso sabía que su público estaba en la calle, con los jóvenes, con los que  lloran, con los que se equivocan. Pocos meses antes de su muerte, dio una conferencia en el penal de Ancón II, donde siguió promoviendo que la mejor manera de ser libre es a través de la literatura.

Más allá de ser un viejo buena onda, también era un punk de 85 años. Salía con el pie en alto cada vez que era necesario. Criticaba las argollas literarias. «Lo que toda la vida ha existido en el Perú son grupetes de pitucos que se arrogan la representación literaria del país porque detrás de ellos están los poderes», dijo Reynoso. Y cuando la prensa culturosa se le fue encima, respondió con un sabio y bien merecido: «Ya no me jodan, ¡carajo!».

 

Gustavo Talavera

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción III)

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