Junichiro Tanizaki: «El elogio de la sombra»

En «El elogio de la sombra», Junichiro Tanizaki explora las sombras como parte clave de la estética en la cultura japonesa. Para explicar esto es útil tener en mente el concepto estético que los japoneses llaman wabi-sabi. Wabi literalmente quiere decir pobreza, rusticidad, y dentro de nuestro contexto hace referencia a la simplicidad; sabi significa soledad, aislamiento, pero se interpreta como la belleza o serenidad que viene con el paso del tiempo. El wabi-sabi nos lleva a experimentar de manera calma, refinada y melancólica la simplicidad en lo cotidiano.

Elogio de la sombra (1)

En las primeras páginas del ensayo, Tanizaki se pregunta de qué manera se hubieran desarrollado ciencia y sociedad de haber seguido modelos más acordes al espíritu oriental, y sin necesidad de la occidentalización de Japón.

Tanizaki empieza comparando el cuarto de baño occidental con el japonés. Le desagrada el exceso de iluminación y la blancura de las paredes; van en desmedro de la experiencia casi zen al usar el retrete, y aniquilan la sombra en un lugar donde no solo es estética sino funcional, en cuanto a la higiene del espacio: «basta con que la parte visible esté impecable para que se tenga una opinión favorable de la que no se ve».

Páginas adelante, resalta la fotografía en el cine japonés, distinta de la producción del resto de países de Occidente. Para él, si la técnica fotográfica hubiera sido elaborada por los japoneses, ésta hubiese favorecido su color de piel, aspecto, clima y costumbres en general. Ejemplo de cómo su pueblo debe adaptarse a tecnologías que no les consideraron cuando fueron creadas, y hacen intentos para adecuarse sin traicionar su esencia.

«Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo (…) siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido; es decir, tanto en las piedras naturales como en las materias artificiales, ese brillo ligeramente alterado que evoca irresistiblemente los efectos del tiempo».

wabi sabi

El japonés favorece la imperfección, la humildad, la asimetría, opuestos de sus contrapartes occidentales, arraigadas en la tradición helénica que valora lo perfecto, lo grandioso y lo simétrico. Percibimos en el fragmento el placer que les produce la visión del reflejo nublado y oscurecido, como una transición entre la claridad y la tiniebla. Encuentran en él tranquilidad, elegancia, nobleza, calidez. El lustre y el oscurecimiento, que para nosotros seguramente pasaría por mera inmundicia, en ellos adquieren cualidades deseables; es la huella que remite al uso, al tiempo, al trabajo, a la historia, a la vida.

«Hemos llegado a considerar la laca rústica y desprovista de elegancia: ¿pero no será simplemente por culpa de la claridad que proporcionan los nuevos medios de iluminación? En realidad se puede decir que la oscuridad es condición indispensable para apreciar la belleza de una laca».

Nuevamente Tanizaki señala la inconveniencia de la tecnología frente a lo japonés, representado por las lacas. Estas de por sí son de tonalidades oscuras, formando ellas mismas gradaciones de oscuridad, igual que una sombra que se materializa en la luz centelleante de los adornos de oro molido. Cuando vistas a plena luz, a lo más llamarán la atención, o incluso puedan parecer de mal gusto; es la media luz la cual realza la belleza de la laca, pues fueron concebidas teniendo en mente un marco de oscuridad, donde los dorados destacaran y reflejasen la luz de las lámparas.

«Si no estuviesen los objetos de laca en un espacio umbrío, ese mundo de ensueños de incierta claridad que segregan las velas o las lámparas de aceite, ese latido de la noche que son parpadeos de la llama perderían seguramente buena parte de su fascinación. Los rayos de luz, como delgados hilos de agua que corren sobre las esteras para formar una superficie estancada, son captados uno aquí, otro allá, y luego se propagan, tenues, inciertos y centelleantes, tejiendo sobre la trama de la noche un damasco hecho con dibujos dorados».

La refracción de la luz en la laca le da vida a la tiniebla, el fuego al viento registra su pulso. Los rayos adquieren liquidez sobre los objetos y forman efímeros dibujos luminosos sobre volúmenes invisibles en la oscuridad. Esta es la forma de apreciar el lacado.

Cuando se sirven los alimentos en el ambiente apropiado, con la iluminación conveniente, y en la vajilla adecuada, los elementos conspiran creando un entorno con condiciones para la contemplación incluso al momento de la cena. Es que, como dice Tanizaki, la comida japonesa no solo se come, sino que también se mira y se piensa. El color del dulce japonés nos atrae con su misterio, y si lo servimos sobre laca, el fenómeno alcanza otro nivel: el yokan se hunde en la sombra y de él quizás apenas notemos destellos, se funde en la oscuridad del lugar, saciamos nuestro apetito con el vacío profundo. Esta elucubración se origina naturalmente entre la luz y la sombra, nos llevan a una particular sinestesia donde saboreamos imágenes y pensamientos. También los alimentos blancos ganan significación en la penumbra: los granos de arroz brillan como perlas y se ennoblecen en su albor. Entre la cocina japonesa y la oscuridad hay lazos inquebrantables.

Las construcciones japonesas se caracterizan por los enormes tejados que las coronan, muchas veces más grandes que la propia estructura principal, y de aleros largos que proyectan un perímetro de sombra bajo el que se construye el edificio, a diferencia de la vivienda occidental, que intenta ganar hasta el menor atisbo posible de luz natural. Esta característica en la arquitectura del Japón no es casual, pues a falta de materiales con que protegerse cuando la lluvia cae lateralmente, han tenido que extender sus techos hacia los extremos y, por esto, visto obligados a residir en medio de la oscuridad. Sin embargo, antes de convertirse en una desventaja, el japonés no tardó en ver la belleza en la sombra. Le basta con ella para adornar los muros; la sombra y la luz difuminada y precaria engalanan las paredes opacas de colores neutros. Si resplandeciesen, se esfumaría el encanto. El adorno del toko no ma —que puede ser un cuadro o unas flores— cumple su función solo cuando se encuentra en armonía con las paredes, por ello es que su montaje tiene tanta importancia como tiene valor la pintura. Incluso un cuadro sin mayor valor puede armonizar perfectamente en un toko no ma: la importancia radica también en el aspecto antiguo del papel, la tinta o las grietas e imperfecciones.

interior

«Cuando esos mismos religiosos, sentados en fila, celebran un oficio de liturgia antigua en algún monasterio histórico, te ves obligado a admirar la armonía entre la piel arrugada de los viejos monjes, el centelleo de las lámparas ante las estatuas de los budas y la textura de estos brocados, y aprecias hasta qué punto ha aumentado la solemnidad del acto: porque como ocurre con las lacas doradas, la mayor parte de los dibujos tornasolados del tejido desaparece en la sombra, pues los hilos de oro y de plata solo de vez en cuando lanzan un breve destello. Por la misma razón considero que nada forma un contraste más afortunado con la tez de los japoneses que un traje de no. (…) Cuando por casualidad el actor es un bello adolescente, la delicadeza de la piel, la frescura de las mejillas que tienen el brillo de la juventud, quedan realzadas, desprenden una seducción que no se parece en nada a la de la piel femenina y te das cuenta que eso era lo que hacía perder la cabeza a los grandes señores de antaño, locamente enamorados de la belleza de sus favoritos».

Así como en las viviendas el oro, además de adorno, ayudaba a reflejar la luz escasa, en los trajes de los religiosos y de los intérpretes del teatro no los brocados y los colores brillantes característicos además favorecían el color natural de los japoneses y los actos litúrgicos y de representación adquirían una magnificencia mayor (en el no los actores no llevan maquillaje). «Si por desgracia el no tuviese que recurrir como el kabuki a los modernos sistemas de iluminación, es seguro que bajo el impacto de esa luz brutal sus virtudes estéticas saltarían en pedazos».

Las mujeres utilizaban ropas de colores oscuros que se constituían en una extensión de la oscuridad, y con el oscurecimiento de dientes y labios, se «ponía una pincelada de sombra hasta en la boca». El cuerpo sumergido en la oscuridad carecía de importancia; al igual que en las muñecas de bunraku, su existencia se revelaba únicamente por el rostro. «Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra. (…) [nuestros antepasados] consideraban a la mujer un ser inseparable de la oscuridad e intentaban hundirla tanto como les era posible en la penumbra; de ahí aquellas mangas largas, aquellas larguísimas colas que velaban las manos y los pies de tal manera que las únicas partes visibles, la cabeza y el cuello, adquirían un relieve sobrecogedor. Es verdad que, comparado con el de las mujeres de Occidente, su torso, desproporcionado y liso, podía parecer feo. Pero en realidad olvidamos aquello que nos resulta invisible. Consideramos que lo que no se ve no existe».

Para Tanizaki la belleza se da a partir de un juego de apariencias, donde algo se muestra bello o brillante en contraste con su entorno o del ángulo desde el que se le observa. No existe tal cosa como una belleza falaz, pues cuando es velada o se encuentra en la penumbra, entonces es eso lo que también lo hace bello. Por esto tampoco se ilumina un toko no ma o un baño tradicional japonés.

¿De dónde es que proviene esta preferencia de los orientales por buscar la belleza en la oscuridad? El autor busca el origen de la predilección por los colores oscuros y la pátina sobre los metales primero en algunas características propias del japonés. El oriental siempre se ha adaptado a los límites que se le han impuesto y conformado con su situación; a diferencia del occidental, constantemente buscando mejorarla en nombre del progreso, este intenta sacarle provecho sin cambiarla.

Tanizaki va más allá y busca explicaciones en la naturaleza de los japoneses, en su piel de una blancura —cuando llega a serlo— velada, «una sombra negruzca», a decir suyo, diferente de la piel de los occidentales, clara y translúcida como el cristal y las piedras preciosas que prefieren, «es, pues, completamente natural que para vestirnos, alimentarnos y alojarnos prefiramos cosas con colores mitigados y que intentemos hundirnos en un ambiente oscuro…». Identifican la blancura como condición para la belleza de la mujer, así que la confinaron a las tinieblas, donde su tez fuese más blanca. «Las manifestaciones de espectros o de monstruos no eran en definitiva más que emanaciones de esas tinieblas, y las mujeres que vivían en su seno, ¿no pertenecían, a su vez, a la familia de los espectros? Las tinieblas las envolvían con diez, veinte capas de sombra, se infiltraban en ellas por el menor resquicio de su ropaje, el cuello, las mangas, el dobladillo del vestido. Es más, quién sabe si a veces, a la inversa, dicha oscuridad no salía del propio cuerpo de aquellas mujeres, de su boca de dientes pintados, de la punta de su negra cabellera…».

Después de este fragmento final, uno entiende por qué Tanizaki ha llegado a amar tan profundamente la magia, el misterio, la sutileza y la gracia inmanente que encontramos en la estética de la tradición japonesa. No podemos dejar de sentir cierta nostalgia por el pasado que llegó a conocer, y es así como también finaliza Tanizaki su texto, no con ánimo de revertir el tiempo, sino simplemente con la añoranza sincera que lo llevó a dedicarle este elogio, que también es una elegía.

 

Günter Kramer

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción I)

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