El sartrecillo valiente

PARTE I

 

De todos los escritores que me influenciaron en mi juventud, dos son a los que debo más. Ambos fueron bien elegidos. Al primero, Ricardo Palma, le debo el haberme enseñado a fantasear historias, a ser un lector; al segundo, Mario Vargas Llosa, cómo materializar esas historias mediante la escritura, a ser un escritor.

Lo leí por primera vez en el otoño de 1991. Recuerdo dos libros que me impresionaron: Sobre la vida y la política: diálogo con Vargas Llosa, una larga entrevista hecha por el periodista brasileño Ricardo A. Setti, que tenía una segunda parte con artículos del propio Mario; y el tercer volumen de Contra viento y marea, una colección de sus últimos ensayos.

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Había pasado un año desde las elecciones presidenciales de 1990 en las que ganó Alberto Fujimori. En esa época se había exiliado en Baviera para aprender el endiablado alemán. Por entonces, el interés por Vargas Llosa había desaparecido. En una de mis visitas semanales por la librería Studium, cerca de la plaza Francia, encontré en remate aquel libro-entrevista. Me gustó su actitud frente a la escritura, su concepción de lo que llamaba la «novela total»: abarcar la vida en todos sus niveles, que el escritor es un deicida al crear una realidad ficticia que compite con la realidad que vive. En resumen: descubrí al escritor que me gustaría ser.

Por otro lado, Contra viento y marea me mostró al intelectual cuyas ideas me ayudaron a pensar, a dudar, a ver lo que era oscuro y los límites de la inteligencia, como escribió en uno de sus prólogos. Con él aprendí que un escritor puede participar, con su crítica e imaginación, en la construcción de una mejor sociedad.

Empecé a buscar afanosamente libros suyos. Conocía algunos títulos desde el colegio como el cuento «Día domingo», que aún recuerdo con cariño o «Los cachorros», que nunca entendí. Releerlo —en una vieja edición que mi amigo Kike me prestó y que incluía un prólogo de Carlos Barral— me descubrió la literatura moderna.

¿Qué podían darle esas obras a un joven como yo? Podían salvarlo de la frivolidad, desencantarlo de esa literatura superficial, nada ambiciosa, llamada light.

Para entender lo que ocurría en Conversación en La Catedral (que me derrotó en mis primeros intentos), La Casa Verde o La guerra del fin del mundo, no había otro remedio que darse cuenta de lo que era un monólogo interior, un plano espacio-temporal o un diálogo telescópico, y cómo esas técnicas no eran un mero alarde sino una herramienta indispensable para que la historia tenga vida propia.

Lista de obras de Mario Vargas Llosa

Finalmente, gracias a él, descubrí —y redescubrí— autores y pensadores fundamentales. La lista sería muy larga, pero es indispensable mencionar a Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Ernest Hemingway, Joseph Conrad, André Malraux, William Faulkner, Gustave Flaubert, Lev Tolstoi, George Orwell, Thomas Mann y Albert Camus.

Creo que algo que se ha perdido aquí y en todas partes es la ambición. Irónicamente, es una limitación que sus textos de ficción pueden transmitir. Ahora a nadie se le ocurre escribir la “obra maestra” o morir en el intento. En nuestros días, las novelas y los cuentos se escriben para leer y desechar: son productos perecibles.

Creo que aún vale la pena intentarlo. Desde la aparición del lenguaje oral y luego de la escritura, los hombres necesitamos de la ficción para poder tolerar la vida verdadera, entender que está mal hecha, pero puede cambiar.

 

Ricardo Meinhold

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción II)

 

 

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