La limpia con cuy

Desesperada por cambiar mi suerte, me dirijo a la Feria de los Deseos, de la avenida 28 de Julio, para ser rescatada de esa nube negra que entorpece mi destino. Ahí, en el puesto 55, encuentro a la señora Leonarda, una curandera boliviana que me leyó la coca hace un año. Recuerdo que en ese tiempo estuve empecinada en una predicción, y fue la única que me alertó de que mi futuro no era el que yo pensaba. Por eso, volví a ella y a su puesto: una inversión de 180 soles por una limpia de cuy es algo que se debe meditar.

la feria de los deseos

Aprovecho que es luna menguante —tiempo idóneo para un ritual contra la envidia y el daño— y le digo: «Pásame un cuy negro». Ella coge al pequeño animal y, sin olvidar excusarse con él por ponerlo en sacrificio, empieza la ceremonia con unas oraciones. Lo mete en una bolsa de tela dejando la cabeza libre.

Leonarda es una mujer de cuarenta años, de contextura gruesa y piel cobriza. Lleva un bombín marrón y una chompa de ese mismo color, acompañados de un polo bordado y una falda negra gruesa. Como sus demás colegas, lleva puesto un delantal donde almacena las suculentas ganancias del día. Es una mujer de pocas palabras, amable y precisa en sus lecturas. Pero lo que puedas indagar en sus hojas de coca es exclusivo a tu futuro, ya que se molesta si le preguntas por un familiar.

Me acomodo en una pequeña sala de espera, donde me acompañan dos personas más que han dedicado una hora de su tiempo para la sanación de sus almas y cuerpos. El espacio está cubierto por cortinas de plástico con motivos de Whinnie the Pooh y tiene colgadas algunas imágenes de Cristo y la virgen María. Me dispongo a leer el periódico, al cuy no le molesta. Él simplemente hace su trabajo mientras me relajo y olvido mis problemas.  De vez en cuando siento las pataditas que   lanza cuando percibe que algo anda mal dentro.

feria de los deseos
Se cura el susto, se hace limpia con cuy, se lee la hoja de coca, se hace baños de florecimiento y mucho más.

Doña Leonarda entra a buscarme cada diez minutos y cambia de posición la bolsa. Así, el animalito pasa también por mi espalda y cuello, hasta llegar a mi corazón. ¡Oh, no veas eso!, me dije. En algunos momentos lo oigo chillar y me asusto. Es que te está sacando tu mal, me dice la curandera y yo le creo. Confío: la fe puede mover montañas y es lo principal para que rituales como este surtan efecto. Veo que Leonarda se pone unos guantes de látex, agarra un cuchillo y lo mata. Su aspecto,  negro, es desagradable, pero ella ya está acostumbrada. Calmadamente lo abre y revisa sus órganos, mientras me va dando un diagnóstico de lo que vendrían a ser mis dolencias físicas. Desde sus vísceras lee mi pasado y futuro. Terminado el ritual, llena su interior con hojas de coca y lo echa en una bolsa negra. Me dice que esta será la primera de las tres sesiones que debo hacer, respetando la Santísima Trinidad, para que la limpia esté completa. Le agradezco y prometo volver el próximo viernes.

 

Claudia Cáceres Rivero – Alumna del Curso Integral en Edición de Publicaciones (Promoción I)

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