El baile final

Ettore Scola, uno de los grandes maestros del cine italiano, realizador de inolvidables películas falleció este 19 de enero. El baile (1983) es una peculiar cinta en la que Scola se distancia de la temática italiana. Este filme abarca casi cincuenta años de historia francesa (de 1936 a 1982), en la que se teje una trama exclusivamente con canciones, bailes, gestos y expresiones corporales, prescindiendo de todo diálogo, lo que la hace especial.

 

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El director Ettore Scola (1931 – 2016 )

Una bola de discoteca aparece. El barman enciende y hace girar las luces de colores del salón de baile, suena «J’attendrai» («Esperaré»), canción francesa de 1938 arreglada con ritmo disco de los ochentas. Ingresan los bailarines, uno por uno; las mujeres primero, de distintas clases sociales y comportamientos: la plebeya, la distinguida sofisticada, la liberal dominante, la clasemediera, la burguesa nueva rica, la madura tradicional, la recatada intelectual, la sensual apasionada. Cada una se acomoda en las mesas distribuidas en dos lados alrededor de la pista de baile. Casi todas, previamente, se miran y retocan frente a la fila de espejos dispuestos en otro de los lados del ambiente. Algunas de ellas toman asiento rápidamente. La música cambia a los acordes de «Et maintenant» («Y ahora»). Ingresan los varones: el caballero, el intelectual, el afrodescendiente, el vulgar, el narciso, el vividor, el sencillo plebeyo, el apuesto galán, el tradicional maduro, el inescrupuloso oportunista y el tímido. Juntos, pero en fila, se desplazan junto a las mujeres como si estuvieran pasando revista, las observan y estudian; caminan frente a los espejos mirándose en ellos. Terminan todos recostados delante de la barra, a un lado de la pista, desde ahí se disponen a identificar y a elegir a su posible pareja. Ahora, el tocadiscos deja escuchar a Charles Aznavour cantar «Les plaisirs démodé» («Los placeres antiguos») y se da inicio a los flirteos y búsqueda de compañeros de baile: miradas escrutadoras y desafiantes, solicitantes y permisivas, pícaras y atrevidas, desinteresadas y dubitativas, inseguras y cándidas, autosuficientes, tiernas, galantes y que invitan, serenas, tímidas, cómplices y evasivas, que se encuentran, desencuentran y estudian. Todos listos y en sus puestos. Al compás de «Mujer de Sevilla», del tango «Jalousie» («Celos») y de «La paloma» el baile comienza: cuerpos que se juntan, conversan, se resisten, armonizan… danzan. Del mismo modo, transcurren las siguientes escenas de El baile.

No existe ni un solo diálogo, ni una palabra pronunciada por alguno de los protagonistas. La historia es narrada con un lenguaje en el que son determinantes la música y las canciones; los gestos y la teatralidad de los actores. La narración fluye como una melodía y Scola se apoya en algunos elementos para que uno pueda ubicar el contexto de las distintas escenas: el diario izquierdista L’Humanité del 3 de mayo de 1936 anunciando la victoria del Frente Popular, las revistas francesas Cinémonde y Cinevie, o la revista de propaganda nazi Signal, pañuelos rojos socialistas, la Coca Cola o la cerveza en lata.

Cincuenta años de la historia de Francia son tratados en el mismo salón de baile, cuya escenografía es montada dependiendo de la época a representar. La narración comienza en 1982, para luego viajar hasta 1936 cuando la coalición política de socialistas y comunistas triunfa en las elecciones parlamentarias. A partir de ahí va dando saltos a distintas etapas de la historia: la ocupación nazi y la liberación de Francia (1940 – 1944), el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), la vigencia del estilo de vida americano (1956), el agitado Mayo francés de 1968 caracterizado por las revueltas juveniles y el retorno al discotequero 1982.

Si bien la historia es francesa, uno puede identificar en ella perfiles y situaciones que han estado presentes en todo el mundo. Scola nos invita a encontrarnos en los espejos del salón mostrados en las escenas iniciales, nos desafía a asumir alguno de estos roles.

En El baile, la función narrativa de la música y de las canciones es fundamental, no solo porque nos brinda el contexto de la trama, sino también por el ritmo y la fluidez que le imprimen al relato y por el complemento y acompañamiento que le aportan al desempeño y expresividad de los protagonistas. Las piezas musicales han sido cuidadosamente seleccionadas, no solo por ser históricas y representativas, sino también por el espíritu de sus letras.

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¡Qué mejor comienzo podría haber que con canciones que nos invocan a esperar durante el día y la noche la vuelta del ser amado como en «J’attendrai»!, o que nos hagan reflexionar sobre lo que haremos ahora que nuestro amor ha partido como en «Et maintenant». ¡Qué precisa para el final «Que reste t’il de nos amours?»! Además, no pueden faltar en una historia intérpretes como Edith Piaf, Maurice Chevalier, y canciones como «La vie en rose» y «La marsellesa».

Scola vuelve imprescindible el desempeño de los actores de Le Troupe du Théatre du Campagnol. Todos parejos, silenciosos pero elocuentes, expresivos, con rostros y cuerpos parlantes. Marc Berman, el oportunista inescrupuloso-aristócrata hombre fatal-sumiso colaborador francés-rockero. Jean-François Perrier, el tímido-gentil caballero-imponente oficial nazi-bailarín diligente pero «atrasado» por otros. Juntos se complementan y potencian. Es descriptiva la escena en la que bailan juntos, Berman representando a la colaboración francesa y Perrier, a los nazis invasores. Cómo se puede decir tanto con tan poco en una breve escena de baile, sobre la sumisión y colaboración mostrada por algunos franceses durante la ocupación alemana. No se necesita ser francés para sentir algo de vergüenza. Escena ilustrativa e inolvidable. Resalta, también, Nani Noël, cuánta versatilidad para roles y personajes tan diversos como la liberal dominante o la bailarina de cabaré, conmovedor su aterrado y desconsolado rostro como viuda francesa durante la ocupación, a pesar de no tener la edad adecuada para el personaje de juvenil doncella disforzada.

Nuevamente, al ritmo de la canción disco «T’es Ok» se vuelve a 1982, cuando comenzó la película. Todos bailan con frenesí, desenfado y desinhibición. La última escena transcurre con el fondo musical de la nostálgica «Que reste t’il de nos amours?» a modo de balance final de la historia. Con esa canción resulta imposible no preguntarse qué quedó de los bellos días, de todo lo vivido y lo bailado. Comienzan las despedidas. Llegó la hora de partir. Unos se retiran rápidamente, otros convencidos de que es el momento adecuado y se van agradecidos mirando atrás con nostalgia, otros se resisten y tratan de seguir bailando, algunos se resignan pero igual se retiran aunque lentamente, no faltan los agobiados y espantados, los últimos en retirarse son el oportunista y la recatada, que se quedó dormida y sin haber bailado una sola pieza, porque la música ha cesado, las luces ya se han apagado y el baile ha terminado.

 

Jaime Rojas López — Alumno del Curso Integral en Edición de Publicaciones (Promoción I)

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