And the Winner is…

Cuando no ingresé a la universidad, aquel ya lejano mes de abril de 1988, nada podía animarme. Nada, excepto la transmisión del Oscar.

La veíamos con toda la familia. Creo que aún en blanco y negro. Los televisores a color eran caros todavía, el Perú estaba a años luz del cable y faltaban dos para la invención de la web y muchos más para la popularización de internet. Lo transmitían en el Canal 5 y Pepe Ludmir —versión original de Brunito Pinasco— se encargaba de la traducción. Y aunque uno ya sabía, con una semana de anticipación, qué actores, qué director y qué película habían ganado, no importaba. En esa época lo que veías era la ceremonia, el espectáculo, los musicales, los discursos de los ganadores. Ese año era además su 60º aniversario.

 

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Teatro Kodak

Para el Perú eran tiempos tristes por el terrorismo: asesinatos de campesinos y alcaldes, secuestros de empresarios, voladura de torres de alta tensión, apagones casi a diario a los que nos terminamos acostumbrando, coches bomba, toque de queda…

La situación económica no andaba mejor. Los precios subían todos los días. La mejor forma que tenía de entender la economía era mirando la cara de mi madre. Mi vocabulario se enriquecía con nuevos términos como inflación, recesión, y el más retorcido: estanflación, que era la suma de las dos primeras.

Y un poco como ahora, la campaña electoral parecía un circo. Basta recordar algunas perlas como el spot cataclísmico del Apra o el monito burócrata del Fredemo orinándose.

Pero ese domingo en la noche, por unas horas, los problemas desaparecieron. El comediante Chevy Chase, muy popular en los ochentas y quien seguro ya nadie recuerda, fue el maestro de ceremonias. Pero fue Billy Cristal, también comediante, el que se robó la atención en su primera, pero no última, aparición. El mejor maestro de ceremonias de los Oscar y el último grande que me ha tocado ver. Lo presentó nueve veces (cuatro consecutivas, de 1990 a 1993). Él reflejaba ese espíritu de glamour, diversión y espectáculo que nunca más volví a ver en los presentadores posteriores. Si no me creen, invito a cualquiera a que busque sus presentaciones y se deleite con sus monólogos y sus ocurrencias, como presentar cantando las películas nominadas, aparecer con la máscara de Hannibal Lecter, cruzar el escenario sobre una estatua gigante del Oscar, llegar cargado por un policía, o despedirse con un cepillo de dientes para poder irse a dormir.

 

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Ese año estuvo lleno de todo tipo de películas:

Dirty Dancing, cuya canción «The Time of My Life» ganó el premio a mejor canción original, y que fue un hit en las radios; Atracción fatal, que puso en boga el tema de la infidelidad. Otras películas, como Los intocables, El imperio del Sol o Hechizo de luna, lanzaron al estrellato a jóvenes actores que luego serían megaestrellas como Kevin Costner, Nicolas Cage o Christian Bale.

No solo actuaciones. También mucha acción, increíbles imágenes y frases inolvidables como:

—¿No hay alguien a quien todavía no hayas matado? / —Aun no te he matado a ti.

—Estás arrestado. Vivo o muerto vendrás conmigo.

—La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona.

Han pasado casi treinta años y películas como Arma mortal, Robocop o Wall Street aún me siguen cautivando.

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De hecho en esta ceremonia Mel Gibson y Danny Glover presentaron el premio a mejor cinematografía; Robocop, apareció en el escenario para salvar al presentador de una secuencia, Pee-Wee Herman, un famoso cómico infantil, cuya carrera terminó cuando lo encontraron masturbándose en un cine para adultos a comienzos de los noventa; y Michael Douglas se llevó la estatuilla al mejor actor por su memorable actuación como Gordon Gekko, un poderoso e influyente financista de Wall Street. La actriz sorda Marlee Martlin, famosa el año anterior por la película Te amaré en silencio, le entregó el premio.

Sean Connery ganó el premio a mejor actor secundario por su papel de Jim Malone en Los intocables, película que no pude ver porque era para mayores de 18 años. Todavía hoy me conmueve la escena en que muere entregándole a Eliot Ness la dirección donde encontrarían al contador, cuyo testimonio encerraría por fin en la cárcel a Al Capone.

Yo, sentimental incorregible en ese tiempo, siempre esperaba la sección dedicada a los que habían fallecido. La secuencia en la que aparecían, una tras otra, las fotos de actores y actrices, camarógrafos y músicos, directores y ejecutivos, acompañadas de una melodía llena de nostalgia, era un homenaje a la locura de hacer cine.

Por fin entregaron el Oscar a mejor película. Mi favorita era Los intocables, que no estaba nominada. Ganó El último emperador, película cuya historia me parecía aburridísima. La verdad me decepcionó que ganara. Solo muchos años después de los que evoco, pude verla y disfrutar de la historia de Puyi, que empieza convertido, a los tres años, en último emperador de China y termina, ya viejo, como un simple jardinero. Su director, Bernardo Bertolucci, quien también ganó el Oscar ese año, hizo de esta película una obra maestra, a partir de una intensa música y hermosas imágenes (además de contar una tragedia) como aquella donde Puyi, niño aún, baja por la pequeña escalera para, ante su sorpresa, encontrarse, tras una cortina, con todos sus súbditos que, como él, vivían dentro de la Ciudad Prohibida.

Fue el último año que vi los Oscar de esa forma. Lo seguí haciendo los siguientes años, pero nunca con la intensidad de aquel 1988. Algo pasó con la experiencia de ver películas que está ligada íntimamente a la ceremonia del Oscar. Antes se iba a ver películas; ahora solo se va al cine.

Es probable que el video y el CD, y más tarde el DVD, la piratería y el internet, fueran los causantes. La gente empezó a olvidar el encanto de la sala oscura. Pero también la pobre calidad de los guiones en favor de los efectos especiales, cada vez más impresionantes.

Al querer ajustarse a los nuevos tiempos creo que perdió su encanto. Al querer innovar, la ceremonia perdió su objetivo: el placer de entretener. Ese año fue la última vez que escuché el querido: «And the winner is…». El año siguiente fue cambiado por el ahora común: «And the Oscar goes to…». Creo que fue un mal augurio de los tiempos que vendrán.

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Y sin embargo, aun ahora es una expectativa para muchos la entrega de los Oscar. A juzgar por las últimas, que nunca he visto completas, están recuperando la fastuosidad de antaño. Por eso desde este año voy a sentarme con mi pequeña hija a verla. Parece que su generación está recuperando el placer de ir al cine —a juzgar por las colas para ver películas animadas.

Como debo finalizar esta crónica. A la manera de mi queridísimo Pepe Ludmir, por supuesto: «Buenas noches, Marianna, buenas noches Gunter. Y nos vemos en el cine».

 

Ricardo Meinhold

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción II)

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