El goleador sin hinchada

En el Perú, las prioridades siempre han sido claras: nos duele menos elegir un mal presidente que perder una eliminatoria; condenamos a Pizarro menos por la conquista que por el penal que se falló contra Argentina.

 

Claudio debió de ser el chico más correcto de la clase, aquel que llegaba puntual y bien aseado, quien siempre tenía forrados los cuadernos y las puntas de las hojas sin doblar. Se hizo futbolista pero pudo haber sido marino como su padre. Su carrera no fue más que el recorrido de esa flecha impasible que marcaba su carácter. Comenzó en provincia como goleador del Deportivo Pesquero, repitió el plato con la selección Sub-17, logró su primer campeonato con Alianza Lima. Allí lo vieron los alemanes y quisieron llevárselo. Y a la misma edad que los veinteañeros entran en pánicos existenciales, Claudio resolvió su vida personal con gélido profesionalismo: se casó con la novia que tenía desde secundaria y se fue con ella a Europa.

pizarro primer gol

Lo que siguió fue el verdadero romance. Durante dos temporadas fue goleador del Werder Bremen. En el 2001, el Bayern München, el equipo más poderoso de Alemania, lo fichó. Fue campeón tres veces con ellos y luego se arriesgó a lo que sería su gran empresa frustrada: ser jugador de la Premier League con el Chelsea. Falló sin amainarse. Regresó al Bremen y demostró que en Alemania hallaba su sino. Fue campeón y goleador de la UEFA en el 2009. En el 2014 logró la Champions League con el Bayern. Ese mismo año se le nombró goleador histórico de la liga alemana. Lo había ganado todo. Era indiscutiblemente el jugador peruano más exitoso de la historia. ¿Pero por qué no hacía lo mismo con nuestra selección?

Hoy, uno ve jugar a los alemanes y comprende. En el último mundial consiguieron la copa derrotando a los dos equipos sudamericanos más fuertes: se alzaron sobre Argentina en la final, defenestraron a Brasil con una goleada histórica en su propio estadio. Y lo más curioso es que nunca se habló de una figura alemana. El protagonista siempre fue el equipo, la totalidad, el funcionamiento. Los alemanes fueron una máquina implacable de hacer goles en la que ningún individuo resaltaba sobre el resto. Mario Göetze marcó el uno a cero que les dio el Mundial, pero también pudieron haber sido sus delanteros Klose o Podolsky. Las piezas estaban allí, perfectamente calibradas, y el gran papel del entrenador fue la elección de su momento y conveniencia. Pizarro fue formado en esa disciplina de la no trascendencia, de ser paciente, de  solo aparecer en el momento preciso para cumplir con su cuota en el gran mecanismo. Y encajó perfecto. El gol de Göetze lo hubiera podido marcar Claudio.

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Pero aquí a todo eso lo llamamos “cuchero”. Con desprecio. Sergio el Checho Ibarra, nuestra versión del delantero oportunista, es un arquetipo de burla. Y no es solo el Perú. Los sudamericanos, en general, no solo queremos equipos con jugadores que cumplan su deber, queremos que den algo más. Hay quienes dicen que hemos llevado nuestra forma de hacer política a las canchas. Preferimos a los caudillos, a los líderes con carisma, a los que insuflan al equipo de puro pundonor y los empujan a conseguir victorias para el mito. Y a veces funciona. Uruguay no se entendería sin la existencia de Suárez o Godín. Lo mismo valió para la Argentina de Maradona o el Brasil de Pelé. Y en ese concierto, que invita más al sueño de gloria que a la fría eficiencia, además entre los últimos, está el Perú. Allí volvió Claudio.

A Pizarro se le ve torpe jugando con la selección. La toca solo para acomodar un pase, interviene solo para jalar marca. Y cuando la tiene, sus movimientos son lentos, herrumbrosos. Un manso tiranosaurio llevando a cuestas su prestigio. No es solo su edad, Claudio nunca se sintió cómodo con Perú. Sabe que los goles que él se pierde aquí duelen el triple. Y si de algo es culpable (¿acaso por soberbia?), es de haber insistido en quedarse como capitán. Se ha hablado de mafias, de dinero malverso, de los vínculos de su padre con los altos cargos de la FIFA en el país. Lo cierto es que sus compañeros de la selección siempre lo han respaldado. “A Claudio lo respetamos todos”, dicen. Una selección cuya prensa venga sus frustraciones en la cancha fustigándola a punta de moralina, tuvo en Pizarro, ese tipo exitoso y sin escándalos, al mejor parachoques.

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Pero con la afición, el éxito internacional de Claudio es proporcional a la rabia que despierta. Quizás el mejor retrato de ese divorcio se lo debe a la imitación que hace de él Carlos Álvarez. Engreído, apitucado, odioso, mascando un eterno chicle con una media sonrisa en la cara: el Pizarro de Álvarez es un ganador cachaciento. El fútbol es un deporte de masas y proyecciones. Sotil, Lolo, Cubillas eran ídolos distintos, ídolos con la venia popular. Pero uno ve la imitación de Pizarro y se pregunta si la hinchada no está vengando en él algo más, un rencor más profundo. En una sociedad donde las frustraciones solo se gritan ante el estadio, los jugadores corren el riesgo de volverse categorías sociales. A falta de política, humor y fútbol: dos grandes catalizadores de nuestra idiosincrasia, de nuestro inconsciente.

 

Javier Baldeón

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción I)

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diego Morales dice:

    Buen artículo, pero Pizarro nunca ganó y tampoco fue goleador de la Copa UEFA. Justamente en esa edición de la competición, Claudio convirtió la misma cantidad de goles (cinco) que otro peruano: Hernán Rengifo.

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    1. Muy buen aporte Diego, gracias. Sigue atento a las publicaciones en nuestro blog.

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