El pequeño librero

Mi hija tose. Abro los ojos. Aún está oscuro. Busco mis pantuflas. Intento meter mi pie izquierdo y no puedo. No tiene su forma. Es lizo y rectangular, además es frío.

Enciendo la lámpara de la mesa de noche. Me inclino.

Ya pues, Marianna —pienso—. Otra vez dejo sus libros tirados en el cuarto.

Me levanto molesto y voy a verla. Ya no tose. Sigue durmiendo. Levanto con resignación los libros del piso y los coloco en el librero blanco que está frente a su cama. Lo observo y me sorprendo. Hay muchos y de todos los colores. Ella ya lee algunas palabras y adora las librerías. Y tiene casi cuatro años. En su colegio tienen una buena biblioteca. Espero, como diría mi abuela, que se vuelva caserita.

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Es gracioso recordar que cuando yo era niño no leía libros. En esa época, lo más cerca que estaba de ellos era para limpiarlos. Todavía recuerdo la historia que, a mis diez años, escuché a la abuela acerca del libro aquel que lloraba porque un niño malcriado lo había roto y ensuciado.

Conocí las bibliotecas cuando no ingrese a la universidad. Luego las frecuente bastante gracias a mi afición por el escritor Ricardo Palma, a quien redescubrí. Después empecé a trabajar. No había entonces muchas bibliotecas en Lima.

Recuerdo la de Jesús María, con sus sillas incómodas y donde nunca ubicaban el libro que estaba registrado en sus fichas; la de Lince, que no tenía muchos títulos pero si una magnifica hemeroteca —en ella pude leer el especial que en 1933 le dedicó El Comercio al gran tradicionista por los cien años de su nacimiento—; la de San Isidro, con su amplia sala de lectura, sus cómodos salones y su preciosa vista del parque El Olivar; la del Centro de Estudios Histórico Militares, inolvidable para mí porque fue en ella donde tomé, a mis veinte años, mi primera copa de pisco puro.

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Pero, de todas las que he visitado, me quedo con la Biblioteca Nacional de la avenida Abancay, en el centro de Lima. En sus tranquilos salones, con su aire fuera del tiempo, leí, reí, sufrí, lloré y soñé de la mano de los grandes soñadores, los maestros de la ficción, autores inolvidables cuyos libros, ahora queridísimos, me acompañarán hasta que la memoria aguante.

Tengo más de cuarenta años y ahora veo con tristeza a las nuevas generaciones. Veo cómo la tecnología en vez de acercarla a la lectura, la aleja cada vez más. Y vuelvo los ojos a mi hija que duerme y me pregunto si será una lectora más, o si se perderá tantas historias que viven dentro de los libros. Lo pienso mientras sobre su librero veo mi tablet, que me la pidió temprano para ver dibujos. De pronto ella voltea y dormida sonríe como diciéndome: «Tranquilo papi».

Recojo su muñeca del suelo y la pongo junto a ella. Apago la luz y le doy un beso.

 

Ricardo Meinhold

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones

(Promoción II)

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