Nos sobran los motivos… para tomar un chilcano

Del 13 al 24 de enero se celebra la Semana del Chilcano. Y es que el nacionalismo entusiasta y desmedido nos ha terminado por llenar el almanaque. Pero esta semana, más allá de ser una celebración «patriótica», es un excelente motivo para tomar unos buenos chilcanos con los amigos, conversar y recordar.

sabrosia

Éramos los búhos del área de Sistemas, animales nocturnos ahora en vías de extinción. Finalizadas las labores, bajábamos corriendo la escalera caracol que nos obligaba a hacer contorsiones y malabarismos. Mi amigo Pechito encendía el motor de su viejo Toyota blanco para llevarnos por los bordes de Lima. Terminábamos irremediablemente en Barranco para reconciliarnos con la vida dando sorbos de cerveza. El Chino nos esperaba, seguramente ya «sazonado», con la mesa dispuesta en un viejo pub. Y así funcionaba el reloj todos nuestros viernes.

Pero llegó el día en que nuestro amigo Juancito, haciendo de relojero, nos cambió la hora: «La cerveza está bien, muchanchos, pero ahora tenemos que apoyar lo nacional: hay que tomar pisco, ¡tomemos chilcanos!». No tomaríamos ni el pisco sour, ni la algarrobina que habíamos probado en cumpleaños familiares, ni los capitán que alguna vez habrían preparado nuestros viejos; tampoco el coca sour, ni el Perú libre o el ponche. Conocíamos el chilcano, sí, pero el de pescado.

Y aunque a algunos de nosotros los argumentos patrióticos nos molestan hasta hoy —pues a su sombra se suele esconder el conformismo y el cliché—, aceptamos la idea por curiosidad y por el entusiasmo que puso nuestro amigo para convencernos.

Cristian Bravo

Nuestra ruta cambió del sur al oeste. No tardamos mucho. Llegamos a una clásica taberna convertida en restaurante-bar en el corazón de la Magdalena Vieja, conocida hoy como Pueblo Libre. Con dificultad nos ubicamos en una mesa al fondo de un gran salón lleno de gente de todo tipo: parejas enamoradas (que no son lo mismo que parejas de enamorados), grupos de amigos, secretarias jóvenes con jefes decrépitos, solteronas en busca de un lance, gente mayor jugando timba o cachito y nosotros.

Nos atendió un mozo que debía tener todos los años del mundo. Era alto y hablaba con una voz inconmovida, sin pasión, como los sacerdotes en los confesionarios. Juancito pidió unos chilcanos para todos y agregó: «También traes una res de pisco». Por primera vez escuchamos ese nombre que en poco tiempo se volvería parte de nuestro vocabulario. El mozo nos miraba sin amor y anotaba los pedidos con un lápiz, que se le perdía entre los dedos, en un cuaderno tan viejo como él. Al poco tiempo llegó con los vasos largos de ocho onzas, también con una botella de pisco quebranta con su inconfundible tapa verde, un plato con limones cortados, una cubeta de hielo, dos pequeños vasos de plástico (en uno había jarabe de goma y en el otro amargo de angostura) y una botella de ginger ale.

Dimos el primer sorbo a nuestros chilcanos. Una revelación, no solo por su sabor, por la elegancia de su apariencia, por la frescura que provocaba, sino por la sencillez de su preparación. Y así fue la comunión con el pisco.

Han pasado casi mil años desde aquel primer contacto. Ahora sé que se llama chilcano, como también se llama el concentrado de pescado (seguramente por las propiedades reconstituyentes que ambos tienen), sé que empezó a prepararse a inicios del siglo XX y que, como yo, medio Perú lo ha redescubierto hace por lo menos 15 años. Y también sé que, desde el 2010, del 13 al 24 de enero todos celebramos su existencia.

La invitación está hecha para que se lo tomen a pecho y cada uno escriba su propia historia.

 

Ricardo Meinhold

Alumno del Curso Integral de Edición de Publicaciones (Promoción II)

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